“Piquete que va directo, ni aunque te frunzas”
Llegó el día de enfrentar a María de la Hoz.
Además de los asuntos pendientes tenía que decirle que había leído lo que ella escribió en su diario, decisión que me produjo un extraño nerviosismo. Había que confesarle mi pecado y además pedir su autorización para comentar con el presidente parte del contenido de sus notas personales.
Mary esperaba en el despacho contiguo. Mis manos empezaron a sudar en cuanto decidí llamarla para “desahogar” los temas del día. Aún no sé si esta manifestación física se debía a la emoción de verla después de dos semanas de su ausencia vacacional, o si simplemente era la respuesta al temor a sus reacciones de enojo silencioso o reclamo irónico. Puse las palmas de mis manos bajo el chorro de agua fría para que dejaran de transpirar. Saqué del refrigerador una lata de cerveza y la mantuve asida con la diestra. Le di tres vueltas al despacho. Hice varias aspiraciones profundas. Revisé los detalles de la remodelación que acababa de hacer mi decorador: un conjunto de sillones de piel color azul lapislázuli y en medio una figura femenina tallada en mármol rosado, réplica de “Malgré tout”, escultura de Jesús Fructuoso Contreras; los cuadros de Arrieta, Cabrera y José María Velázquez colocados para hacer agradable la estancia y a la vez cubrir las enormes paredes blancas. En otro de los rincones dos sillas estilo mexicano, separadas por una hermosa mesa tallada con figuras angelicales que soportaban alguna de las piezas de colección de la Talavera del siglo xvi, parte del acervo de arte del Museo Barroco. Arriba de ellas un retrato de Juárez, pintura que estaba justo en el lado contrario donde colgaba la fotografía de Cordero. Después del recorrido visual me metí al baño para descubrir en el espejo a un hombre dudoso y preocupado por demostrar su poder. Como lo conocía bien, le dije mirándole sus pupilas: “No seas pendejo ni cobarde. Tú eres el dueño del ajedrez y los demás son las piezas que mueves en el momento en que decidas hacerlo”. Este mi ejercicio de autoconfianza fue interrumpido por la voz cantarina y melodiosa de Mary:
—Buenas tardes, Jefe.
—Hola mi Reina —contesté pensando en el ajedrez. Le di un abrazo y sentí que me invadía la energía de su cuerpo.
De la Hoz parecía estar confundida ante tanto afecto. Me empujó por los hombros para separarse de mi y con su mirada inquisitiva preguntó:
— ¿Tu qué?
—Reina… Eres la reina de mi equipo. La del ajedrez que me corresponde mover.
—Ah bueno —articuló con el tono de la ironía que se le daba con facilidad—; por ahora seré esa reina. Ojalá sea de marfil y no de pasta o de madera mal tallada, burda… —Callé convencido de que tenía algo más que agregar a su ironía—. Me da gusto haber regresado, señor Gobernador —dijo áspera.
Dudé si confesaba o callaba mi pecado intelectual. Pudo más la lealtad que la hipocresía común y a veces necesaria en quienes manejan las riendas del poder. Así que lo solté convencido de que esa era la oportunidad de confesar mi desliz ético:
—Y a mí el tenerte de vuelta a pesar de que el burdo sea yo —dije con la mejor de mis sonrisas y agregué consciente de que podría provocar una colisión verbal—: Todavía soy un pedazo de piedra a la que tienes que pulir.
Abrió más sus ya de por sí enormes ojos verdosos. Enmudeció durante cinco segundos. Después de un largo resuello dijo las palabras que me parecieron articuladas por un ángel: —Encontraste mi libro de notas, ¿verdad?
—Quedó en buenas manos, un poco empolvadas y sin bruñir pero, al fin, tendidas en señal de amistad y afecto —asentí nervioso.
— ¿Qué más leíste? —interpeló curiosa.
A esas alturas me parecía escuchar la parte final del réquiem (Lacrimosa) de Mozart. Las voces del coro revoloteaban en mi cabeza. El largo y armónico amen me animó a abundar sobre el error propiciado por la curiosidad y el desvelo.
—Todo y nada. Si tú quieres lo olvido y ahí dejamos ese pasaje que según percibo te molesta —probé—. O si lo prefieres abundamos en alguno de tus proyectos, todos ellos muy interesantes y tan coherentes que hay uno que me gustaría compartírselo al Presidente… Claro siempre y cuando tú lo apruebes.
Otra vez el silencio largo que acompañó con un profundo suspiro.
—Es mejor que no nos engañemos, Herminio —dijo brusca—. Deliberadamente dejé en ese sillón mis apuntes para que los leyeras y meditaras. ¡Y vaya que te tardaste eh! —Su comentario aflojó mis piernas y desinfló mi ego. Siguió—: Son temas difíciles de explicar cuando en ellos estamos involucrados o uno de los dos es protagonista y además el engrane que moverá la maquinaria del siap —completó. Como reparó en que sus palabras habían comprimido mi orgullo agregó mostrándose comprensiva—: Mira
Gobernador: hay muchos hilos sueltos que es necesario unir para tener completo el diagnóstico del tejido social del estado. Una vez dado este primer paso podremos trazar las coordenadas de nuestros objetivos. Tú eres ducho es eso —atemperó.
Tenía puesta toda mi atención en sus gestos cuando con los ojos me señaló el sillón donde había encontrado su libro de notas. Debo haber puesto cara de tonto porque antes de que yo abriera la boca se adelantó y dijo amable:
—Está bien. No te preocupes Gobernador. Espero tu comprensión intelectual, actitud que me permitirá ser más eficiente. Lo que leíste es producto de mi formación. Lo escribí pensando en tu proyecto de trascendencia. Estoy segura que podrás lograrlo siempre y cuando te mantengas tras bambalinas, lejos de las balas que cruzan el cielo de México. Debemos evitar que seas tú el blanco de los proyectiles de plomo u otra de las víctimas de la metralla mediática que ha puesto en entredicho el prestigio de los políticos mexicanos…
Mientras la escuchaba hablar lamenté el no tener la oportunidad de pedirle que se casara conmigo. Mary tenía el mismo atractivo de mi esposa pero con el plus de la preparación y la audacia que carecen muchas de las mujeres egresadas de las escuelas confesionales, como Laura, mi cónyuge precisamente. Además era portadora del hechizo ése que acompaña al sexo prohibido. Lo que había dicho entró por mis oídos para llegar directo al corazón y alterar mi raciocinio. Quedé expuesto a su voluntad. No lo dijo pero es obvio que percibió mi estado de indefensión total, razón por la cual —después lo supe— se mostró exageradamente cariñosa, tanto en el tono de voz como en su lenguaje corporal. Empero, por desventura, de esa etapa no pasó.
—Si lo consideras útil coméntale al Presidente lo que leíste respecto a la forma de combatir al crimen organizado —continuó ya sin presiones, cuestionamientos o interrupciones de mi parte—.
Sabemos que es un asunto por demás complejo y lleno de aristas, aunque con la ventaja de que su implementación dependa del Presidente, nada más. Si éste lo somete a consulta, los encargados de la seguridad nacional se darán cuenta del peligro que corren debido al patente fracaso en el combate al crimen organizado. Por eso debes convencer a Cordero de que el éxito del proyecto está en su silencio.
—Es válida tu preocupación, que también es la mía —me animé a hablar—. Por ello decidí comentarlo contigo. Ahora que ya lo hice me siento más seguro para entregarle a Cordero tu propuesta. Sé que él quiere acabar con la violencia criminal que azota al país. Así que, supongo, no será difícil convencerlo. Sólo hay que encontrar la forma de que lo analice sin que se enteren sus asesores. Buscaré las palabras para convencerlo. ¿Y qué tal si menciono tu nombre e incluso, si estás de acuerdo, claro, que tú también firmes el documento? —Probé.
— ¡No, no, no! —Protestó enfática mientras arqueaba sus bien delineadas cejas color castaño. Lo hizo al tiempo que con la mano izquierda aventaba hacia atrás su cabellera de mechones dorados antes de decir—: ¡Ése es nuestro secreto! ¡Igual que el siap! Al poner mi nombre abriríamos las puertas para que los agentes, los que sean, husmeen en el Sistema. —Modulando la voz concertó—: Salvo tu mejor opinión, debemos entregárselo sin firma, como si fuese una copia ciega pero con el sello de confidencial. ¿Estás de acuerdo?
Afirmé con el movimiento de manos y de algunos músculos de la cara. Al captar mi satisfacción añadió:
—Entonces mañana temprano te doy la versión ejecutiva con sus respectivos anexos —expuso mientras su cabellera volvía a caer para tapar la mitad de su rostro—. Por ejemplo: estudios, estadísticas, encuestas sobre el tema y algunos testimonios validados por las dependencias que los obtuvieron. Vamos a poner a trabajar a los miembros de la Comisión Nacional de Seguridad. Te sugiero que pidas al Presidente su autorización para mantenerte al margen del grupo; que le comentes la importancia de permanecer detrás de bambalinas. Convéncelo de que así podrás serle más útil. Ya sabes cómo son los celos. Además conoces el daño que causan las filtraciones e incluso las confidencias a los jefes del crimen organizado. Es la corrupción Herminio; el mal que ha humedecido los cimientos del Estado mexicano.
—Coincides conmigo —aseveré con la seguridad de gobernante—. El problema es que no sé cuáles son esas pruebas sobre las filtraciones que mencionas.
—Aún no las tengo con la contundencia procesal que exigen las circunstancias —se defendió la doctora—. Pero las conozco porque he leído y comparado con los hechos casi toda la documentación oficial y extra oficial que el gobierno ha filtrado a la prensa, en especial a los periodistas que sirven de amanuenses presidenciales.
— ¡Aja! ¿Y entonces existen o no pruebas contundentes? —pregunté amable.
—No te preocupes, señor Gobernador —respondió Mary con una sonrisa enigmática—. Concédeme el beneficio de la duda. Las conocerás cuando esas verdades no te comprometan; es decir, que su contundencia elimine cualquier sospecha sobre tu gobierno. En tanto eso ocurre habrá que ocuparnos de que las pruebas sean tan sólidas que el Presidente no tenga dudas y se quite de la cabeza cualquier intención de dar al tema el tratamiento de papel higiénico —agregó sin cambiar su gesto de misterio a pesar de la referencia escatológica—. Te proveeré de los documentos que necesitas. En eso trabaja el equipo. Cuando se dé la reunión llegarás a ella muy bien armado, ya lo verás.
— ¿Estamos en que no podré convencerlo si no presento pruebas? —insistí.
—Claro que podrás convencerlo ya que toda la información es incontrovertible. El tiempo que tarden en procesarla nos dará oportunidad de adicionar los datos que deliberadamente no incluiremos; son cartas bajo la manga.
Puse la cara de duda que María de la Hoz esperaba y continuó sonriente:
—Esa es la segunda parte. Conservamos algunas constancias; las administraremos para no echar toda la carne al asador que seguramente atizará Irene.
Volví a levantar la ceja sorprendido y ella hizo lo mismo pero para agregar socarrona:
—Mi querido Herminio: esa mujer sí que es una reina, pero la del ajedrez que maneja el presidente Cordero.
—Es harina de otro costal —dije espontáneo y a bote pronto.
—Polvo que con frecuencia te deja marcas y secuelas —reviró la doctora.
Omití la jiribilla porque la entonación de sus respuestas me animó a llevar la conversación al terreno personal. Una vez más fui traicionado por mí libido y quise ver hasta dónde podría hurgar en esa hermosa selva llena de aromas seductores y ramajes misteriosos.
— ¿Estás celosa? —solté a lo pendejo valiéndome de mis inflexiones de voz, digamos que sensuales.
—Herminio, aún no entiendes el juego del poder infiltrado por el narco —espetó con un dejo que la mostró preocupada por el vuelco que di a la conversación.
El reclamo de la doctora me hizo recapacitar y sentirme como un tonto reincidente. Sin abandonar esa mueca tan honesta como agresiva, Mary insistió:
—Irene podría ser uno de los informantes infiltrados en las instituciones del Estado mexicano, igual que Raúl Lee; creo que tú lo conoces bien. ¿O no?
La pregunta que rubricó la puya de Mary hizo el efecto de un golpe en los testículos. Me dejó sin habla y con la dignidad vulnerada. A mi cerebro llegó la conversación que tuve con quien había sido uno de los cómplices en la investigación a la licenciada Walter. Recordé su figura oriental a mi lado mientras transitábamos por la calle. Volví a escuchar sus palabras de reclamo: “Tu vieja, aparte de estar muy buena, debe ser monja o una lesbiana introvertida o hasta otra de las hijas de María. Pregúntale a tus espías…” Enseguida entendí las razones de lo que, según sugerencia de la doctora, fue la primera trampa que me pusieron: “Mira pinche senador: si quieres probar mi capacidad no me expongas. Son chingaderas que otros sigan mis pasos para saber lo que hago”. El machaqueo de estos recuerdos pintó mí rostro con la palidez cetrina que sin éxito yo había tratado de desterrar con los lodos del poder y las maravillas del Spa. La doctora notó mí reacción, leyó mi mente y con voz que escuché como si hubiese emergido de alguna oquedad me dijo:
—Pero no dramatices, Gobernador. Son gajes de tu oficio. Sólo toma nota y actúa en consecuencia. La reina Irene todavía no pone toda su leña en el horno. ¿Me entiendes?
—Sé más concreta y probatoria —demandé con la intención de recuperar el control de la conversación.
María se dio la media vuelta y se retiró mostrándome su espectacular trasero y una sonrisa que apenas distinguí distraído por aquel extraordinario universo.
— ¡Espérate! —grité —. No me respondiste.
Ella volteó a verme y socarrona respondió:
—Ya lo sé, Herminio. Perdón por la prisa. Voy a trabajar para traerte las pruebas que pides.
Levanté los hombros resignado.
—A propósito —añadió antes de salir—: dejé sobre tu escritorio otra historia, la que te emparenta con una de las Adelitas de la Revolución. Cuando la leas te quitarás un poco del peso que cargas sobre tu espalda. La encontré en una de mis búsquedas. Regreso más tarde. Ciao.
Lo ocurrido más la exclamación de partida y el golpe de la puerta, me dejaron confuso. Me quedé sin entender lo que había sido aquello: si una conversación entre subordinada y jefe o una rebelión de género contra la jerarquía que yo representaba. De momento no lo supe. La duda me formó el ya familiar enorme nudo incrustado en mi pecho, sensación que —alguna vez dijo mi anciana y sabia abuela— representaba el peso de doña Angustia, la señora gorda que no avisa ni pide permiso para sentársete en el esternón.
— ¿Lo interrumpo jefe? —preguntó Gabriel entendido de que había sido designado por mí como el vocero de las adversidades, presencia que siempre resultaba inoportuna por su costumbre de interferir en mis dubitaciones.
—Y cuándo no interrumpes pinche Rasputín —solté mirándole el semblante modificado por la preocupación que producen los niños atravesados—. Está bien, dime que bronca traes ahora, ¿quién se murió o a quién mataste?
— ¡Qué pasó Jefe...! No sea cruel. Nada de eso Señor. Sólo quiero informarle que tenemos otros muertitos más: sus amigos ganaderos se quebraron a treinta de los cabrones que invadieron sus tierras.
La noticia me dejó helado. Presentí lo que enseguida me iba a confirmar el encargado de mi seguridad. Como no pude librarme de la sensación adopté a uno de los niños que Rasputín traía cruzados.
— ¿¡Ellos!? —increpé—. ¿¡Mis amigos!?
—Bueno, su gente y algunos de mis hombres —respondió acongojado ante mí reacción.
— ¡Sé menos surrealista cabrón! —dije con la estridencia que Germán List y amigos poetas usaron para su manifiesto (“¡Viva el mole de guajolote!”). El desfogue me permitió desatar el nudo que me había dejado el encuentro laboral con la doctora de la Hoz.
—Pues estos ojetes no quisieron esperar el desalojo legal. Uno de ellos dijo que sus vaquitas y becerrillos iban a morir de sed debido a que los invasores cerraron las compuertas del agua. Además creyeron que llegarían refuerzos para apoyar a los invasores. Ya sabe Usted…
—No son ojetes, son estúpidos —interrumpí—. Es lo que sé.
—Tiene razón, Jefe. ¿Pero ahora qué hacemos? —preguntó Rasputín con cara de perro regañado.
—Tú sigue en tu trabajo. Ya veremos cómo manejamos este desliz. ¡Pero no se te ocurra decir que son mis amigos! —Advertí enérgico.
—Está bien. No lo haré —dijo y agregó atribulado con la convenenciera solidaridad adherida a su rostro—: ¿Qué razón les doy a los agentes que participaron?
— ¿¡Participaron!? —cuestioné.
—Bueno, se enteraron de los hechos. No me lo han dicho pero creo que hasta los observaron —mintió para protegerlos.
—Diles que el gobernador los cubrirá—consentí—. Pero cámbialos a otra zona, la más alejada del lugar de los hechos. Que sus nombres no aparezcan en ninguna diligencia ministerial. Y no atentes contra mi inteligencia porque entonces tú serás el culpable de todo. Así que ándate con cuidado y recuerda que yo soy el gobernador. ¿Captas?
Mi voz debe haberse escuchado amenazante. Tenía el rostro invadido por la molestia que me produjo la mentirilla piadosa con la cual Rasputín intentaba salvar el pellejo de sus agentes. Él bajó la vista y dejó salir su disculpa:
—Perdón Jefe. No volverá a repetirse.
No le creí, empero, como el mundo está hecho de mentiras y complicidades, tuve que apechugar el subterfugio de mi colaborador. Sólo le advertí:
—Mira cabroncete: cuando tengas que defenderme, aunque mientas, deberás hacerlo con inteligencia para que suenes veraz y no pendejo.
Se repitió la justificación, ésta vez acompañada con una cara que presagiaba desde venganzas hasta sacrificios por la causa. No pude leer la señal; sin embargo, su actitud incentivó mi duda obligándome a enlistar la venganza en la gama de posibilidades que presentaba el carácter impredecible y violento de quien, creí, era uno de mis protectores de confianza. Extraje del saco roto lo que fue el crimen de Romo, recuerdo que me ayudó a tomar mis providencias y protegerme de los probables arrebatos sangrientos de Gabriel Guaraguao que, razoné, ya estaba ubicado en el terreno de las reacciones enfermizas y peligrosas. Razoné y decidí no perder de vista los antecedentes y efectos de cada uno de los accidentes trágicos que le acompañaron. El sexto sentido me dejó su advertencia.
—Salúdame a tus hijos y a sus madres —lancé como mensaje siciliano.
Fue un día terrible. Se me habían juntado tres preocupaciones: la provocada por la inesperada respuesta de María de la Hoz, los resabios que le noté a Guaraguao y la actitud guerrera de mis amigos y clientes inmobiliarios. Pensé en la queja sobre el ejercicio del poder que manifestó, creo, el entonces presidente Adolfo Ruiz Cortines: ¿y a qué hora se disfruta esta chingadera?