Puebla, el rostro olvidado (El quehacer político)

Réplica y Contrarréplica
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Estas festividades electorales también se registraron en los distritos donde, sin tener por qué, apareció la magia de la alquimia...

Por las acciones rápidas y desordenadas, encaminadas a orientar la política del gobierno estatal, podríamos decir sin temor a exagerar que, al principio del régimen de Piña, el proyecto electoral se parecía a los ditirambos poéticos de la Grecia antigua. Las primeras dos elecciones (la federal, que cambió legislaturas y presidente de la República, y la estatal, que relevó a los alcaldes y diputados) propiciaron una especie de alegría o embriaguez similar a las que ambientaban las fiestas báquicas que nos cuenta la literatura. El éxito se fundamentó en quedar bien con la jerarquía política de México, que, según el comentario oficial —antes de llegar Manuel Bartlett—, veía a Puebla como la sede principal de los fantasmas del conservadurismo o como el laboratorio ideal para un ensayo nacional.

Exceptuando los sustos o corajes que ocasionaron las torpezas de la alquimia (en algunos distritos se disparó la votación en favor de Salinas y superó con muchos votos al candidato priísta de la diputación federal) y, a pesar de las componendas que hicieron perder al PRI en Teziutlán, todo salió a pedir de boca. Sin embargo, la oposición dejó asentada su inconformidad por el resultado de las votaciones.

Estos reclamos no importunaron las festividades de un triunfo que al gobierno local le sirvió para ganarse la confianza y —según se especulaba en los pasillos del Palacio de Gobierno— el “agradecimiento” del candidato ganador. Así llegó el olvido de toda huella de parcialidad y manifiesto afecto por la precandidatura de Manuel Bartlett Díaz, uno de los seis contendientes a la postulación priísta.

Estas festividades electorales también se registraron en los distritos donde, sin tener por qué, apareció la magia de la alquimia: las urnas de Huauchinango, Atlixco y Tehuacán, centro de operaciones de los caciques poblanos más influyentes, hicieron la diferencia tan criticada por los partidos de oposición.

Alejandro C. Manjarrez