La historia como vacuna
“Para lenguas y campanas las poblanas”
Reitero lo que dije líneas atrás: cada vez que surgía un problema grave me refugiaba en los libros, no como fuga sino como método para encontrar en las entre líneas la luz que me ayudara a resolver la contrariedad. También leía los resúmenes que elaboraban mis asesores empeñados en darme a conocer cifras, chismes y hechos que pudieran relacionarse con el problema a resolver o enfrentar. Nunca perdí de vista que el hilo negro ya había sido descubierto; por ello siempre busqué las variables que me ayudaran a prever los problemas políticos. Tomé en cuenta todo tipo de experiencias adaptándolas a mi universo y creatividad. Jamás omití la regla sobre el poder, mismo que debe ejercerse para bien y con prudencia. Tampoco olvidé su temporalidad. Deseché el ensayo que, según regla científica, se corrige con el error. Y adopté como mías las palabras de Santiago Carrillo: “En la política el arrepentimiento no existe —dijo—. Uno se equivoca o acierta, pero no cabe el arrepentimiento”.
Había que revisar la información que Mary me dejó después de aquel áspero e inesperado encuentro, conflicto al que adicioné las estupideces de los ganaderos que tomaron la ley en sus manos. Me interesé desde que leí el título de la ficha pues traía el ingrediente del supuesto parentesco de la soldadera con el que esto relata (el apellido Tlacuilo nos vinculó), historia poblana ocurrida en los albores de 1910. Supuse que en el contexto encontraría alguna idea adaptable a la crisis que provocaría nuestro revelador documento. O cuando menos el quitarme de la cabeza dos que tres de las presiones inherentes al ejercicio de la titularidad del poder Ejecutivo.
Comparto este hecho con la esperanza de convencerlos de lo que —diría Francisco de Quevedo— parece una perogrullada lanzada en el siglo XXI donde hay hechos que establecen que las cosas siguen tan igual como antes.
Aquiles Serdán y su grupo ya se habían manifestado en contra de la dictadura y, como es harto conocido, fundado el Club Luz y Progreso que permitiría a los poblanos incorporarse al proceso democrático detonado por Madero. Gilberto Bosques Saldivar, diplomático, humanista, maestro y revolucionario compañero de los hermanos Serdán, escribió que en aquella gesta las mujeres tuvieron un papel importante. Es el caso de muchas poblanas citadinas que siguieron y apoyaron a Carmen Serdán. O como las de origen campesino que fueron motivadas por el ejemplo de quien lanzó la intemporal arenga (“¡Es la Revolución, poblanos, vengan, aquí hay armas, no viváis más de rodillas!”). La mujer de esta historia, por cierto de apellido Tlacuilo, fue una de esas mujeres revolucionarias que por su estatus social quedó al margen de la historia oficial, no así de los actos heroicos.
Aquiles tenía planeado encabezar la marcha contra la dictadura. Lo haría una vez que el sol se ocultara y los suburbios de la ciudad estuvieran cubiertos con el manto de la noche. Sus seguidores portarían antorchas y lanzarían proclamas dirigidas al pueblo cansado de las acciones represivas del gobierno y sus sicarios.
Uno de los personajes de esta historia, ya lo dije, lleva el apellido Tlacuilo, coincidencia que me indujo a reflexionar sobre el hecho que relataré y comentaré conforme avance el texto que me dejó Mary. Helo aquí:
La Adelita de la Revolución
La celada contra los manifestantes que pedían el sufragio efectivo produjo varios muertos y decenas de heridos. Aunque ningún periódico dio cuenta del hecho, todo Puebla supo que el gobernador Mucio P. Martínez había dado la orden a Miguel Cabrera, el temido jefe de la policía cuyo nombre adosado al de Mucio, con sólo escucharlos, causaban miedo, desazón y malos presentimientos. Miguel y Mucio formaban la dupla perversa y macabra que marcó la vida de Puebla.
La administración de Mucio fue un mal ejemplo con resultados desastrosos para el poder que en aquellos entonces encabezaba Porfirio Díaz. El gobernante poblano se dejó influenciar por Cabrera, su jefe de la policía, un individuo proclive a relacionarse e incluso a promover los negocios donde el vicio servía de marco a la prostitución regenteada por la más influyente de sus amantes. Esa fue una de las causas de su mala fama pública. Otra: su carácter atrabiliario, desde luego. Pero lo peor para él estuvo en que nunca cuidó las formas ni atendió rumores, por cierto el único y más socorrido de los métodos usado por el pueblo recoleto para vengarse del cúmulo de agravios cometidos por los gobernantes.
Por intemporal, ese tipo de cuchicheo ha hecho de Puebla una entidad socialmente compleja. La gente vive envuelta en un murmullo parecido al del agua que brota del manantial y corre por la acequia hasta llegar a su destino. Es parte de la cultura que influye en el sentimiento popular. De entenderlo, los gobernantes se mantendrían lejos del autoritarismo a pesar de que su cerebro sólo capte y reproduzca el eco de sus propios pensamientos. Por desventura lo supe demasiado tarde. Mis omisiones propiciaron algunas reacciones negativas y, en consecuencia, con resultados desastrosos por sus efectos irreversibles.
Sigo pues con la historia donde el apellido de la protagonista sirvió para que Mary conjeturara que esa mujer estaba emparentada conmigo, hipótesis que lanzó después de hurgar en el origen de la revolucionaria hasta encontrar el supuesto vínculo familiar, liga que, según ella, se perdió entre los cientos de productos de la paternidad tan irresponsable como natural, costumbre de épocas pretéritas, sobre todo en la región mixteca cuyas noches de obsidiana traslúcida invitan a enamorarse:
Una de las víctimas de los ataques y vejaciones a cargo de la autoridad, fue María Gertrudis Tlacuilo, la mujer que los “guardias del orden” mantuvieron secuestrada en el cuartel policiaco. Ahí la violaron y después decidieron que debería morir para evitar las denuncias y venganzas familiares, que es la primera de las respuestas contra la estupidez de quienes se transforman en engendros.
Pero Gertrudis no perdió su bizarría. Esperó paciente a que se descuidara el policía encargado de vigilarla. Fingió estar desmayada cuando dos de sus violadores la colocaron en el rincón más húmedo y pestilente de la mazmorra. Y así siguió, simulando, en espera del momento y la circunstancia que le permitiera escapar. Rezó en silencio pidiéndole a la Guadalupana que la protegiera: “No permitas que el guardia despierte. Te lo suplico Virgencita”.
Y la Virgen la escuchó.
Los ronquidos de los policías se entreveraban con el silencio de la noche. Parecía un coro macabro musicalizado por Saint-Saëns. En ello, en lo macabro, pensaba María Gertrudis cuando escuchó el canto de alguna lechuza: “Este es el momento para huir. El nagual ronda por el cuartel. Ahora o nunca. Que la Guadalupana me ayude”, se dijo asustada por el patético trino que, de repetirse, podría despertar a los gendarmes. Los observó para confirmar su semiinconsciencia. Rogó: “Virgencita, mantenlos dormidos hasta que yo me vaya. Enmudece al búho, te lo ruego”. Miró al cielo, suspiró e inició el recorrido entre los cuerpos tendidos. Temía pisar alguna mano, pie o algo que pusiera en alerta a cualquiera de los guardias. Caminó con sigilo poniendo sus cinco sentidos en cada paso. Poco antes de llegar a la puerta sintió un jalón en su pie. Bajó la vista asustada pero se tranquilizó al comprobar que se había atorado un pedazo de cuerda atada a su tobillo. Hizo acopio de valor. Se inclinó con cuidado para destrabarla sin dejar de ver a los hombres que dormían despatarrados en el suelo. Sus nervios empezaban a traicionarla. “Cálmate María Gertrudis”, musitó. Aspiró profundo y ya sin la cuerda en el tobillo reinició su trayecto hacia la puerta del cuartel. “¡Bendito Dios!” exclamó en silencio al ver que dormía el guardia de la entrada principal. Cruzó el umbral con cautela. Parecía levitar. En el momento que puso sus pies en la calle echó a correr a zancadas para alejarse de la muerte que parecía aliada de Mucio P. Martínez y esbirros.
Tres calles después redujo el paso: quería cerciorarse si estaba sola o si alguien la había seguido. Miró hacía atrás y no vio a nadie. Recuperó la tranquilidad. Dejó de correr. Le faltaba oxígeno. Una vez normalizado el ritmo de su respiración supo que se había salvado de morir. Observó a una monja pasar frente a ella santiguándose. Quiso compartirle su tragedia pero se contuvo. Desconfió de la religiosa a pesar del atuendo blanco que la cubría. Le hizo recapacitar el dolor punzante en la herida producto del golpe con el canto de alguna espada. Pasó su mano por la cara y sintió la sangre seca adherida a su mejilla. Apuró el paso temerosa por la luz del sol que había empezado a iluminar las paredes. El viento frío que se metió entre sus piernas le hizo percatarse de que su vestido ya no le cubría todo el cuerpo: los jirones de tela apenas tapaban la entrepierna. Acongojada vio una parte de su monte de Venus, el triángulo del cosmos que indujo a los policías a comportarse como animales en celo.
Sollozó. Se tapó con las manos el pubis y corrió desesperada rumbo a su pequeña vivienda familiar.
Esta lectura atrajo a mi mente el recuerdo de las imágenes de las calles añosas y desiertas pintadas por el polvo y desgastadas por el viento. Imaginé a la pobre Gertrudis recorriéndolas preocupada por las miradas de hombres y mujeres madrugadoras. Incluso mi cerebro reprodujo la imagen del borrachín asustado con tantas visiones, espectros que se engendran justo en el momento en que el tlachiquero saca del centro de las pencas la esencia que produjo Mayahuel, la diosa del pulque, embaucadora de los briagos que buscan “matar sus penas”.
Continúo:
María Gertrudis entró a su vivienda. Ahí estaba Andrés, su hombre, el mecapalero amigo de Aquiles Serdán. Él enmudeció al verla viva, casi desnuda; no sabía si era Gertrudis o su ánima en pena. El llanto de la mujer lo hizo reaccionar. La abrazó pero ella lo rechazó empujándolo indignada y asestándole violentos manotazos en el pecho.
— ¡Júrame que vengarás las ofensas y el martirio a que fui sometida! ¡Anda, dime que lo harás! ¡Júralo ante Dios que todo lo sabe y todo lo puede! —Gritó apuntando su dedo índice al crucifijo colgado en la pared.
Andrés dejó escapar las lágrimas contenidas desde la desaparición de María Gertrudis. Se abstuvo de preguntar lo que era obvio debido a la fama del jefe policiaco y sus esbirros. Sin embargo imaginaba el martirio sufrido por su compañera. Con el llanto cortándole las palabras respondió molesto, atribulado, descompuesto:
— ¡Juro por Dios que serás vengada! ¡Mañana mismo me voy al pueblo! ¡Veré dónde consigo un arma para combatir al dictador! No sé cuándo, mujer, pero regresaré a matar a los hijos de la chingada que te ofendieron. Te lo juro.
— ¡Llévame contigo! —recapacitó María cuyo llanto cesó de repente. Había comprendido que el dolor no desaparecería hasta vengar las ofensas y el maltrato. Su mente convirtió el mal recuerdo en un profundo deseo de venganza por el ultraje a que fue sometida. El odio empezaba a quemar sus entrañas. “Por esta mordida se me metió el chamuco”, musitó mirándose la sangre de su pezón izquierdo marcado con la huella de los dientes de uno de sus violadores.
Andrés se jalaba los cabellos sin darse cuenta. Estaba desesperado, confundido. “¡Dónde estaba Dios!”, reclamó entre dientes. Ella percibió su desencanto y decidió sacar fuerza del amor que las bestias no pudieron robarle. Dijo con la rabia trenzada con el cariño a su amante:
—No te me quiebres mi Andrés. Tú eres lo único que tengo. Dime qué debo hacer para cobrar las ofensas que he sufrido.
Andrés la cubrió con sus brazos. Cerró los ojos y le invadió el remordimiento por haberla abandonado para cumplir el deber que adquirió al adicionarse a la insurrección encabezada por Aquiles Serdán.
Dos días antes del encuentro de Andrés con María Gertrudis, el nubarrón de la malaventura ocultó el sol de los idealistas poblanos. Ninguno pudo darse cuenta de lo que parecía un mal presagio. Nadie supo que el grupo había sido sentenciado a muerte por Miguel Cabrera, excepto Andrés, el compañero de la “Tlacuilo”, como llamaban a su querida.
Esto fue lo que ocurrió antes de la tragedia protagonizada por los animales en celo:
El rumor corrió de boca en boca: “A las siete de la noche, en el viejo jardín de San José”.
Ahí estaría Aquiles Serdán. Esperaría el arribo de sus simpatizantes para iniciar el recorrido por la ciudad. Cada uno portando su antorcha.
“Tenemos que convocar a más simpatizantes para que se unan a nuestra causa”, dijo Aquiles a Manuel Velázquez, su leal amigo, confidente y consejero.
Los integrantes del grupo Luz y Progreso habían pasado todo el día fabricando las candelas con las cuales iluminarían las calles de la ciudad. Lo hicieron cerca del jardín de San José, en el viejo cuartel del mismo nombre, espacio que se encontraba en ruinas, lejos de la mirada sospechosa de los agentes del gobierno.
Poco antes de oscurecer llegaron a la plaza alrededor de quinientos ciudadanos, unos estudiantes y otros trabajadores, todos entusiasmados con la idea de ejercer su derecho a votar por quien les diera la gana. No dejaron nada al azar. Estaban seguros de que la marcha tendría éxito.
Iban a partir cuando arribó jadeando Andrés Rojas, uno del centenar de trabajadores del mercado afiliados a la causa que representaba Serdán. “Quiero hablar a solas con usted, Jefecito”, pidió al líder del movimiento. A regañadientes Aquiles aceptó separarse del grupo porque presumió que se trataba del mensajero que traía el mensaje de alguno de sus amigos e informantes:
—Acabo de escuchar la orden del jefe de la policía —dijo el mecapalero—. El coronel ordenó que se lo quiebren, señor Aquiles.
— ¿A mí?
—Sí a Usted. Hay muchos de la montada ocultos entre las sombras de las calles que cruzan la 2 norte. Se me atravesaron; mejor dicho yo pasé por ahí.
— ¿No te habrás confundido al escuchar el nombre? —insistió Aquiles.
—Sólo que haya otro que se llame igual que Usted —respondió Andrés.
Hubo un largo silencio. El líder regresó a donde lo esperaban sus amigos.
—Manuel, Luis, Melitón, Ernesto… acérquense por favor —les dijo Aquiles.
— ¡¿Qué diablos pasa?! —cuestionó Velázquez.
—Este compañero, a quien ustedes conocen bien —agregó Aquiles colocando su mano en el hombro del informante—, dice que la policía montada tiene órdenes de quebrarme. Que nos han preparado una trampa. Asegura que vio cómo los escuadrones de la tropa rural se escondieron en las calles que desembocan a la 2 Norte…
Ya no fue necesario pedir más datos. Los responsables acordaron que Serdán se abstuviera de formar parte de la marcha. —Mejor escóndete —recomendó Manuel—. Nosotros iremos y, si es necesario, nos valdremos de las antorchas y piedras para defender la causa.
Después de la insistencia de sus amigos, Serdán aceptó no participar pero puso como condición que tampoco fueran Manuel Velázquez ni Andrés Rojas, su amigo y el trabajador del mercado que lo enteró de la asonada.
—Dicen que yo soy el alma del movimiento pero en esta metáfora ustedes son el cuerpo. Así que si yo no voy tampoco ustedes; es mi condición.
—Está bien —condescendió Manuel.
—Hay algo que deberá hacer el resto —agregó Serdán—: que alerten a los compañeros para que se dispersen y no caigan en la trampa; que la montada no los encuentre juntos. Que varios se encarguen de dispersar la marcha y avisar a quienes la esperan en las calles para incorporarse. Apúrense. Hay que evitar que la policía montada agreda a los camaradas.
—Es imposible Aquiles —sentenció Velázquez—, no hay forma de avisarles. Lo único que podemos hacer es alertar a quienes se incorporen en las primeras calles. Desde luego correremos la voz y a ver si podemos evitar que los topiles de Cabrera lastimen a los nuestros.
—Me adelanto —dijo Rojas—. Sé por dónde moverme; además yo fui quien escuchó la orden de quebrarlo a usted, don Aquiles…
—No amigo, Tú menos que nadie… —Se opuso Serdán.
—Debo hacerlo, don Aquiles —insistió Andrés con la mueca de preocupación clavada en el rostro marcado por el sol y la tierra—. Quedé de verme con mi muchacha. A lo mejor la recuerda usted señor Aquiles. Trabaja con la señorita Carmen. Se llama María Gertrudis. Dice su hermanita que la sonrisa de mi vieja ilumina la oscuridad… Qué más le puedo decir patroncito. No vaya a ser la de malas. Así que mejor me voy y la alcanzo. Tengo aquí en mi pecho un extraño presentimiento. Deme permiso…
—Está bien, está bien –recapituló Aquiles—. Ve pues y cuídate para que puedas protegerla. De paso alertas a quienes encuentres en el camino. ¡Pero apúrale! Si le pasa algo a tu novia no me lo perdonaría Carmen.
Estos hechos, que son reales aunque poco conocidos a pesar de que Manuel Frías Olvera los rescató en su opúsculo Aquiles de México, me mostraron que la solidaridad es uno de los valores del pueblo llano. Basta que alguien crea en un ideal, en una propuesta o en una figura celestial para que se entregue a la causa, sin importar que en esa lucha encuentre la muerte. Cuando el ejemplo arrastra puede llegar a formarse toda una rebelión cuya fuerza está en sus creencias, vocación e ideales. Porque lo aprendí, siempre procuré no contravenir ni oponerme a ese fenómeno de masas; por el contrario, me mostré tolerante e incluso aliado de quienes se dejaban llevar por su hidalguía. Usé esa fuerza a mi favor pero, en lugar de acercarlos al Santísimo —como ocurrió en la época de las catástrofes con el grupo de sacerdotes al servicio de Aguiar y Seixas—, les manifesté el compromiso del gobierno basado en el apoyo en especie y la comprensión personal que transforma el poder político en un intangible casi milagroso. Respeté sus demandas, silenciosas unas y destempladas otras. Entendí que para establecer la sinergia gobierno-sociedad tenía que hacerme acompañar de colaboradores vinculados con la historia y las tradiciones poblanas. Gracias a ello pude apagar los fuegos antes de que éstos crecieran volviéndose incontrolables.
Vuelvo al documento:
Las previsiones y los avisos resultaron inútiles. Los marchistas se encontraron con decenas de centauros paridos por las bocacalles que hacían esquina con la 2 Norte, poco antes de llegar al zócalo. De entre las ele
gantes casonas que el tiempo convertiría en vecindades, aparecieron de la nada cincuenta hombres a caballo: todos blandían sus sables con la intención de golpear a los manifestantes. Una vez que los tuvieron al alcance, usaron el cachete de las espadas para aporrear a todo aquel que se les atravesaba. El dolor físico que infringieron exacerbó el coraje de los agredidos. Varios de éstos se defendieron valiéndose de las teas: unos quemaron las monturas y otros el uniforme de los rurales. Fue entonces cuando los policías dieron vuelta a las espadas para usar el borde afilado y golpear cabezas y cuerpos de los marchistas.
En la refriega, María Gertrudis, novia de Andrés, el hombre que había alertado a Aquiles, recibió el golpe en la sien que la dejó inconsciente. No quedó tirada en las losas de la calle como el resto de heridos o muertos debido a que uno de los policías la levantó para colocarla en su montura. El jefe del pelotón observó cómo ése su subordinado aprovechaba la inconsciencia de la mujer para meter la mano en su entrepierna y tocar sus senos hasta que sintió el peso de la mirada autoritaria: volteó asustado encontrándose con la sonrisa de su jefe. ¡Llévatela al cuartel!, le ordenó tajante, lascivo. ¡Me la apartas!
Este es pues el antecedente de las agresiones motivadas por la estupidez que suele manifestarse en las bestias con poder. Y lo que enseguida leerás el colofón de esta historia:
María Gertrudis y Andrés Rojas se fueron a la Revolución. Los dos combatieron a las fuerzas del gobierno porfirista.
Ella, la soldadera, se ganó el respeto de los integrantes de la bola.
Él se transformó en uno de los revolucionarios menos sentimentales cuando de fusilar a los federales se trataba: ambos veían al “enemigo” como los policías que habían abusado de su compañera primero, y después matado a su amigo Aquiles.
En los dos se manifestó el entusiasmo que produce cobrarse las afrentas.
—Mira Gertrudis —dijo Rojas el día que recibió el mando de un pelotón—: a partir de hoy te olvidas de tu nombre de pila hasta que regresemos a casa, si es que regresamos. Ya te llamas Adelita, igual que todas las mujeres que nos acompañan. Dice mi general Villa que el nombre es en honor a doña Adela Velarde. Después te platico la historia. Bueno, a lo mejor hoy en la noche, cuando el alma de nuestro amigo Aquiles llegue para encender las antorchas que alumbran el camino de los muertos…
Este trozo de la Revolución muestra algo de los contrastes del México de aquellos entonces, paradojas que forman parte de mi origen. Es uno de los ejemplos de la disparidad social fomentada por la ancestral miseria producto de la explotación y de las condiciones sociales que propiciaron la lucha silenciosa, misma que aún persiste no obstante los avances científicos y tecnológicos.
Mary había puesto a mí alcance aquella lectura con la idea de que yo reflexionara sobre la herencia biológica y familiar, legados que se perdieron entre los cortinajes del poder (o mi subconsciente los ocultó). Después de pasados los años y analizados los hechos, puedo decir que mi asesora logró su objetivo. He aquí la razón:
Todo el barullo de esa Adelita me produjo el espontáneo viaje por los rincones del cerebro, espacios donde suelen asilarse los registros genéticos que gobiernan nuestro comportamiento. Así supe que estaba contagiado de lo negativo que tiene la vida pública. Comparé lo hecho con lo logrado. Entendí el por qué, sin habérmelo propuesto, varias de mis acciones afectaron a muchas personas; unas, las que confiaron en mí por ser su gobernador; y otras, las que me consideraron algo parecido al redentor de sus males generacionales. Esto me obligó a realizar un ejercicio de autocrítica a partir de hurgar en otras épocas y estilos de vida de gobernantes. Pude comparar los tiempos idos con los que vivimos y la obra de personajes de la historia con las aportaciones sociales de los actuales. Al final de cuentas entendí mis errores y me dolió no haber respondido a la genética que debió mantenerme cerca del pueblo, en vez de —por citar uno de los deslices— dejar que los intelectuales me administraran el “cultivo yucateco” con la deliberada intención de que yo les respondiera como lo hice: con la bonhomía de los mecenas del Renacimiento. Hubo excepciones, claro, y una de ellas fue María de la Hoz.
En este mi laberinto personal encontré factores positivos; verbigracia:
Transcurrido el tiempo aprendí a observar con interés antropológico a los políticos demagogos cuyo discurso se basaba en repetir de memoria palabras y frases que al enlazarlas formaban figuras eufónicas sí, pero sin rostro ni cuerpo ni contenido ideológico.
Estoy seguro que Herminia de la Cruz y su protectora Juana Inés nunca imaginaron que los poderosos del futuro se valdrían de ese tipo de retórica bofa. Incluso, después de haber ejercido el poder, he llegado a pensar que en sus viajes por el inframundo o en los astrales, las dos mujeres deben haberse encontrado con una o varias de las ánimas que deambulan por los rincones del purgatorio de la Revolución, fantasmas que —me lo dijo De la Hoz valiéndose de su humor negro— a veces se metían en mi sueño para decirme lo que no debía hacer. Lo de los viajes astrales es pues un buen deseo que prevalecerá en mi cerebro mágico hasta que las partículas de mi cuerpo inicien su retorno al Cosmos… o empiecen a recorrer la otra dimensión. En una de esas por allá me las encuentro.
El recorrer la historia y sus recovecos me permitió quitarme las culpas y los remordimientos que forman parte de las tradiciones. Gracias a esas distintas lecturas pude alejarme del pensamiento mágico y conocer las razones que propician el hambre y el crecimiento de la injusticia, fenómenos que suelen disfrazarse con actos burocráticos basados, entre otros programas sociales, en las cruzadas contra el hambre y la marginación. Vi, hurgué y conocí la realidad sin adjetivos religiosos ni antorchas que iluminaran el camino al inframundo o indulgencias que allanaran la ruta hacia el cielo. Derroté a la superstición basándome en la razón del intelecto. Mi bromista abuelo, un hombre sin prejuicios cognitivos, hubiese dicho que no tuve ese tipo de trances espirituales pero que debido a un ensalmo divino fui beneficiario de la buena suerte.
Conocí la esencia del problema del México rural. Como cualquier familia que para comer tiene que arrancar a la tierra pedregosa desde raíces hasta insectos y pequeños reptiles, siguiendo la tradición de millones de mexicanos, yo también escarbé en el árido surco con la esperanza de encontrar algún tipo de alimento.
Estas y otras cavilaciones más el recorrido por el sinuoso camino de mis antecedentes familiares, me ayudaron a recordar y valorar el gran esfuerzo de mis hermanos, mujeres y hombres siempre dispuestos a compensar e incluso a saciar su hambre alimentándose con la ilusión que nace de las promesas del gobierno. Entendí que en este mundo plagado de miseria no hay lémures que puedan alimentar el cuerpo, aunque el alma esté dispuesta a creer en milagros o confiar en las quimeras ofrecidas por los políticos que trastocan la realidad y se aprovechan de la buena fe del pueblo.
Confieso con pesar que tardé en descubrir los vicios políticos que me mantuvieron lejos de la realidad nacional. Antes, en mi cumpleaños número 20 tuve una especie de revelación porque aparecieron lo que llamé señales del subconsciente. A partir de ello los sueños llenaron mi vida a pesar de que mis compañeros universitarios habían demostrado que las bases de la pirámide social son escalones para ascender a otros estadios; que se pisa a la gente más jodida si su espalda, dignidad o cabeza sirven para impulsarnos. Empecé a caminar y en cada paso me prometí compensar a quienes, sin ellos saberlo ni darse cuenta, habían sido sacrificados para que yo pudiera trepar. No quise perjudicar a nadie; sin embargo, con mis actos avalé lo que Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad: me puse una de las tantas máscaras con la intención de ocultar mi origen indígena y parecerme al hombre blanco y barbado. Asimismo me alejé de la pobreza y tuve que simular para convencer a quienes eran paradigmas de riqueza y poder. Medio resultó mi estrategia pero, sin habérmelo propuesto, establecí una relación de amor-odio, ya que así como admiraba a los poderosos, quería vengarme de ellos como si yo fuera el justiciero de los ofendidos.
Cobro de facturas
Estaba metido en el pleno ejercicio del poder que a veces tiene efectos distractores y terapéuticos, cuando uno de los ganaderos criminales me localizó a través del teléfono privado que algún infidente le proporcionó. El tipejo me recordó la operación inmobiliaria que habíamos firmado tres años antes. Dijo el sinvergüenza:
—Hermano: ejercimos nuestro derecho a defender lo que nos pertenece, como te consta.
Es obvio que el cabrón quería justificar las treinta muertes que él y sus vecinos provocaron. Lo de menos habría sido ordenar a los agentes ministeriales que lo apresaran para entregarlo a la autoridad y dejar que ésta procediera conforma a la ley. Pero hubiese sido contraproducente porque la prensa, que ya seguía el caso, se habría enterado del trato de compra-venta en el que les cedí la propiedad que después invadieron los campesinos. Un problema mayúsculo que logré solucionar aplicándole el recurso de la omisión; es decir, olvidé los antecedentes y, como lo explico arriba, instruí al Procurador para que dirigiera la investigación hacia las guardias blancas, asesinos cuya identidad se desconocía. No hubo de otra. Lo peor es que me vi obligado a ayudarlos para lo cual acudí al mejor abogado penalista de México, no por su capacidad jurídica (que la tenía) sino por sus socios incrustados en la administración de justicia. Él los libró de la cárcel.
Aparte de haber “pecado” al brindar apoyo logístico-legal a mis “clientes-amigos” —como ellos se decían— construí el escenario apropiado para combatir e impedir las acciones basadas en la justicia por propia mano. Procedí a generar temor entre quienes quisieran copiar a los patibularios amparados en la ley del más fuerte. Al mismo tiempo se envió el mensaje a los “guardias blancas”, hombres siempre dispuestos a unirse o asociarse con el crimen organizado. Hice lo posible para evitar que las investigaciones se empantanaran en los lodosos terrenos del derecho a modo. Usé argumentos draconianos buscando frenar a los evasores de la acción legal y a sus abogados duchos en tergiversar la ley o comprar jueces. Dicho de otra manera: me convertí en el gran legislador y metí mano en el poder Judicial valiéndome de mi capacidad de convencimiento y la asertividad que me dio fama y muy buenos resultados.
Contrición y desagravio
Había usado a los pobres, ya no para ascender sino para sostenerme en el poder. La Revolución, sus historias y postulados seguirían como quimeras rescatables. Decidí difundirlas interesado en mantener la esperanza de los millones de mexicanos que forman la escalera por la cual trepan los políticos que observan serenos el deterioro de la población. Fueron momentos en que lo importante era lo que me beneficiaba. Así ejercí el poder. En ocasiones me vi obligado a sostenerme en promesas como la de acabar con la pobreza, propuesta ésta donde subyace la corrupción disfrazada de justicia social.
La lectura fue, repito, el mejor de mis refugios y la fuente de ideas, teorías y lecciones históricas. Me hizo meditar sobre varios de los problemas que agobian al gobernante. También me dotó de la experiencia que proviene del pasado. Apliqué la creatividad que proporciona el dinero y procuré enriquecer el legado de nuestra historia. De ahí que mi gobierno produjera libros, concursos y congresos, acciones que me acercaron la simpatía y el respeto de los cultos. Construí la “Casa del Pensador”, espacio inaugurado por los principales escritores e intelectuales de esos años, varios de ellos cortejados por quienes integraban el primer nivel de gobierno; me refiero a los personajes entonces objetivos naturales de la crítica, ya sea de palabra, en libros o en el trabajo periodístico de quienes eran (y algunos lo siguen siendo) factores de opinión.
Por la historia de Mucio P. Martínez, los hermanos Serdán y otras más donde los justos enfrentaron a los malvados que pisotearon todo lo bueno con tal de seguir en el poder, sufrí lo que podría llamar la absurda dualidad: así como me vi en el espejo del atrabiliario gobernante también lo hice en el cristal azogado del idealista que se alió en la lucha por democratizar a México. Por ventura, gracias al Gran Arquitecto del Universo, ahora puedo decir que como gobernador gané. Empero, a pesar de ello y para desgracia de mi otro yo, debo reconocer que como luchador social perdí. Lo paradójico es que en ambos casos comprobé lo que digo renglones arriba: el poder es efímero, igual que lo es la memoria del pueblo donde los buenos recuerdos políticos son borrados por las experiencias negativas producto de los malos gobiernos. O al revés.
¿A cuántas Adelitas menospreciamos? ¿Cuántos mecapaleros habrán sido objeto de nuestro olvido? ¿Cuántas acciones de represión tuvieron el visto bueno del gobernante? ¿Cuántas injusticias se cometieron a nuestras espaldas o frente a nosotros?
Me cuestiono en plural porque en la vida pública participan los políticos y sus electores, o sea los gobernantes que actúan y los gobernados que callan. Gracias a esta última actitud que favorece la fortuna y tranquilidad de los mandatarios, al calor de la emoción que provoca el poder, se han cometido, perpetran y seguramente ocurrirán muchas de las pendejadas que afectan a la sociedad.
Bueno, después de esta obligada digresión cabe preguntar: ¿estoy o no emparentado con María Gertrudis?
Tal vez. Esto siempre y cuando considere que mi genética me prohibió forzar a las mujeres. Ya saben y si no lo imaginan: la educación familiar me lo impidió a pesar de que el poder actuaba como un afrodisiaco irresistible. Podría haber cierto parentesco con la mujer referida si me acogiera al origen mixteco de ambos. No puedo asegurarlo debido a que ninguno de sus legados (que seguramente los tiene) me sedujo más que la herencia de Herminia de la Cruz y la influencia de Sor Juana Inés. Lo curioso es que en aquellos días me valí del supuesto parentesco con Gertrudis para dar a mi gestión el sentido popular que tanto agradó a los integrantes del segmento tradicionalmente olvidado. “Soy como ustedes —les dije tantas veces cuanto me fue posible—. Provengo de la tierra donde se hizo la Revolución. Sus antepasados y los míos lucharon por la justicia social”. Aún conservo en mi memoria la forma en que los ciudadanos me miraron escuchándome con embeleso y satisfacción, sólo porque difundí la idea de que yo era un hombre del pueblo, precisamente emparentado con la tal Gertrudis.
Y sí lo fui hasta que el poder me cambió.